Qué es el peronismo, explicado para el que no entiende nada
Ochenta años de un movimiento que gobernó de todas las formas posibles y siguió llamándose igual. Una guía honesta para el que se perdió.
Hay una pregunta que desarma a cualquiera que intente explicar la política argentina a un extranjero: cómo puede ser que el mismo movimiento haya privatizado media Argentina en los 90 y estatizado buena parte de ella en los 2000, sin dejar de llamarse igual en ningún momento. La respuesta corta es que el peronismo no es una ideología, es un movimiento. La respuesta larga es esta nota.
El origen: un coronel en una secretaría menor
En 1943 un grupo de militares derroca al gobierno conservador. Entre ellos hay un coronel de 47 años, Juan Domingo Perón, que en el reparto de cargos elige algo que a nadie le interesaba: el Departamento Nacional del Trabajo, una oficina de segunda línea que él convierte en Secretaría de Trabajo y Previsión.
Desde ahí hace algo que ningún gobierno argentino había hecho de manera sistemática: negocia directamente con los sindicatos y les da lo que venían pidiendo hacía décadas. Convenios colectivos, vacaciones pagas, indemnización por despido, tribunales de trabajo, el aguinaldo. En dos años pasa de ser un coronel desconocido a ser el hombre más popular entre los trabajadores del país.
Sus propios compañeros de armas se asustan y lo detienen en octubre de 1945. Lo que pasa después es el momento fundacional: el 17 de octubre una movilización masiva de trabajadores llega a Plaza de Mayo a exigir su liberación, y la consigue. Esa fecha —el Día de la Lealtad— es para el peronismo lo que el 4 de julio para Estados Unidos. Al año siguiente Perón gana las elecciones.
Las tres banderas
El peronismo se define oficialmente por tres principios: justicia social, independencia económica y soberanía política. Y por una posición internacional que Perón llamó la tercera posición: ni capitalismo ni comunismo, algo propio en el medio.
Esa formulación es deliberadamente amplia, y ahí está la clave de todo lo que vino después. "Justicia social" puede significar un plan de viviendas o una reforma impositiva. "Independencia económica" puede significar estatizar el comercio exterior o firmar acuerdos con petroleras extranjeras —Perón hizo ambas cosas, en distintos momentos de su propio gobierno.
Evita
Ninguna explicación del peronismo funciona sin Eva Duarte. Su rol no fue institucional —nunca ocupó un cargo electivo— pero sí decisivo: manejó la Fundación que canalizaba ayuda social directa, fue la interlocutora emocional del movimiento con los sectores más pobres, e impulsó la ley de voto femenino, sancionada en 1947.
Murió en 1952, a los 33 años. Su muerte temprana la convirtió en algo más que una figura política: para una parte del país es prácticamente una santa laica, y para la otra el símbolo de todo lo que le critica al peronismo. Pocas figuras argentinas generan reacciones tan opuestas ochenta años después.
Dieciocho años prohibido
En 1955 un golpe militar derroca a Perón, que se va al exilio. Lo que sigue es un período difícil de imaginar hoy: durante casi dos décadas el peronismo estuvo proscripto. No podía presentarse a elecciones. Y por un tiempo ni siquiera se podía nombrar a Perón en público sin arriesgarse a una sanción.
Este dato explica muchísimo de la política argentina posterior. Todas las elecciones entre 1958 y 1973 tuvieron al partido más votado del país afuera, lo que le quitó legitimidad a los gobiernos de ese período y alimentó la idea —que sigue circulando— de que hay poderes que deciden por encima del voto. También explica por qué el peronismo desarrolló una identidad tan fuerte: fue una identidad perseguida.
Perón vuelve en 1973 y gana su tercera elección. Muere en julio de 1974, apenas nueve meses después de asumir. Lo sucede su esposa, María Estela Martínez, y en 1976 llega el golpe más sangriento de la historia argentina.
El movimiento que contiene todo
Acá viene la parte que más confunde a quien mira desde afuera. En 1989 llega a la presidencia Carlos Menem, peronista, y aplica un programa que cualquier manual clasificaría como neoliberal: privatiza las empresas estatales, abre la economía, fija el peso al dólar por ley. Gana la reelección. Sigue siendo peronista.
En 2003 llega Néstor Kirchner, también peronista, y hace en varios puntos lo contrario: reestatiza empresas, amplía el gasto social, confronta con los organismos internacionales. También gana. También es peronista.
Para los críticos, esto prueba que el peronismo no tiene contenido: es una maquinaria de poder que se adapta a lo que haga falta. Para los peronistas, prueba lo contrario: que es un movimiento nacional lo bastante amplio como para contener distintas respuestas a distintas épocas, sin dejar de perseguir los mismos tres objetivos.
Las dos lecturas se apoyan en los mismos hechos. Elegir entre ellas es, básicamente, elegir un lado de la grieta.
Por qué sigue importando
Desde 1946, el peronismo ganó la enorme mayoría de las elecciones presidenciales en las que pudo competir libremente. Controla o disputa la mayoría de las gobernaciones, tiene el vínculo más fuerte con la estructura sindical del país y una capacidad de movilización que ninguna otra fuerza igualó.
Por eso, en la práctica, la política argentina se ordenó durante ochenta años alrededor de una sola pregunta: estar con el peronismo o estar en contra. Incluso las fuerzas que se definen por otra cosa terminan definiendo su posición respecto de él. Entender eso es entender por qué acá casi ninguna discusión política queda realmente en el terreno técnico.