El libertarismo argentino: de Alberdi a la motosierra
De dónde salieron las ideas que hoy gobiernan, por qué Argentina tiene una densidad rara de economistas austríacos, y qué significan las palabras que se usan sin explicar.
En 2023 Argentina eligió presidente a alguien que se define como libertario y que en más de una entrevista dijo ser, en el plano filosófico, anarcocapitalista. Para mucha gente fue la primera vez que escuchaba esas palabras. Pero las ideas no aparecieron en 2023: tienen en el país una historia larga, con momentos de mucha influencia y décadas enteras de irrelevancia electoral.
Alberdi, con una aclaración necesaria
El linaje que suele reivindicarse arranca en Juan Bautista Alberdi, el jurista tucumano cuyas Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) fueron la influencia central de la Constitución de 1853. Alberdi defendía la propiedad privada, el comercio libre, la inmigración y un Estado acotado a garantizar el orden y los contratos. De ahí sale su frase más citada: "gobernar es poblar".
Ahora, la aclaración honesta: Alberdi era un liberal del siglo XIX, no un libertario en el sentido contemporáneo. El libertarismo moderno —con su rechazo al banco central, su teoría del ciclo económico y su discusión sobre si el Estado debe existir— es una construcción del siglo XX que Alberdi no llegó a conocer. Reivindicarlo como antecedente es legítimo; presentarlo como militante de una escuela que nació después sería anacrónico.
Mises en Buenos Aires
El eslabón que explica la rareza argentina es un viaje. En 1959, Ludwig von Mises —uno de los nombres centrales de la Escuela Austríaca de economía— visitó Buenos Aires y dio una serie de conferencias que después se publicaron como Política económica: seis lecciones. No fue una visita de rutina: dejó discípulos.
Quien lo trajo fue Alberto Benegas Lynch, que años antes había fundado el Centro de Estudios sobre la Libertad. Su hijo, Alberto Benegas Lynch (h), continuó y amplió esa tarea, fundó instituciones académicas y formó a varias generaciones de economistas en esa tradición. El resultado es que Argentina tiene, para su tamaño, una densidad inusual de economistas austríacos. Eso no pasa en casi ningún otro país de la región, y no es casualidad: es el efecto acumulado de sesenta años de trabajo institucional.
Qué dice la Escuela Austríaca
Vale la pena entender las ideas, porque se usan todo el tiempo sin explicarlas. Tres, resumidas:
El problema del cálculo económico. Mises argumentó que sin precios de mercado no hay forma racional de asignar recursos, porque los precios son la única señal que condensa la información dispersa de millones de personas. De ahí la desconfianza hacia cualquier planificación estatal: no es (solo) que el funcionario sea corrupto, es que no puede tener la información necesaria aunque sea honesto.
La teoría austríaca del ciclo económico. Sostiene que cuando el banco central baja artificialmente la tasa de interés, manda una señal falsa: los empresarios invierten en proyectos que en realidad no eran rentables, y cuando la distorsión se corrige viene la crisis. Bajo esta lectura, las recesiones no son fallas del mercado sino la corrección de una intervención previa.
El orden espontáneo. Idea desarrollada sobre todo por Friedrich Hayek: los órdenes sociales más complejos y funcionales —el lenguaje, el derecho consuetudinario, los precios— no fueron diseñados por nadie, emergieron de la interacción de mucha gente. Es el argumento contra la idea de que se puede rediseñar la sociedad desde arriba.
Minarquismo y anarcocapitalismo: no son lo mismo
Es la distinción que más se confunde en las discusiones. El minarquismo defiende un Estado mínimo, limitado a justicia, seguridad y defensa. El anarcocapitalismo —asociado sobre todo a Murray Rothbard— va más lejos: sostiene que incluso esas funciones podrían proveerse privadamente, y que el Estado no debería existir.
La distinción importa porque es habitual que alguien se declare anarcocapitalista en el plano filosófico —como ideal último— y minarquista en el plano práctico, es decir, a la hora de gobernar. No es necesariamente una contradicción, pero sí explica por qué a veces el discurso y la gestión no coinciden.
Los intentos electorales previos
Antes de 2023 hubo otros. El más relevante fue Álvaro Alsogaray, ingeniero y ministro de Economía en varios gobiernos, recordado por una frase que lo persiguió toda la vida: "hay que pasar el invierno". En 1982 fundó la UCeDé, un partido liberal que llegó a tener presencia parlamentaria significativa en los 80.
Su destino ilustra el problema histórico de este espacio en Argentina: buena parte de su cuadro dirigente terminó integrándose al gobierno de Menem en los 90, y el partido se diluyó. La agenda económica liberal se aplicó, pero desde adentro del peronismo, no desde una fuerza propia. Habría que esperar treinta años para que eso cambiara.
Por qué prendió cuando prendió
La pregunta interesante no es de dónde salieron las ideas —estaban hace décadas— sino por qué encontraron audiencia masiva recién en los últimos años. Hay varias explicaciones en circulación y ninguna es concluyente por sí sola: inflación alta y sostenida durante años, una sucesión de gobiernos de ambos signos que no la resolvieron, desgaste de las dos grandes coaliciones que se habían alternado, y un canal de difusión nuevo —la televisión de debate primero, las redes después— que premia el discurso frontal.
Lo que sí es verificable es el cambio de estatus: ideas que durante sesenta años circularon en fundaciones, seminarios y algunos claustros pasaron a ser la posición del gobierno nacional. Para sus partidarios, es la confirmación tardía de que tenían razón. Para sus críticos, es un experimento cuyo resultado todavía se está escribiendo. En eso, al menos, hay acuerdo: es demasiado pronto para el veredicto.